A veces, quien menos te lo esperas es quien termina dando vida a tu boda. Esa persona que pasa desapercibida en los preparativos pero que, llegado el día, se convierte en una pieza clave para el recuerdo
Y sí, aunque todos los invitados aportan algo, siempre hay alguien que brilla sin buscarlo. Sabemos que no todos los invitados tienen el mismo papel ni el mismo peso emocional y eso no significa que haya más cariño por unos y menos por otros; simplemente, cada persona ocupa un lugar distinto en nuestra historia.
A la celebración acudirán familiares a los que adoramos, amigos de siempre, compañeros que han marcado etapas y relaciones que se han ido cosiendo con el tiempo. Todos son importantes a su manera, pero no todos son imprescindibles en ese día tan intenso, tan lleno de emociones y tan cargado de símbolos. Y aún así, en medio de ese universo de afectos, existe una figura que casi nunca aparece en las listas de “invitados esenciales” pero que acaba teniendo un protagonismo inesperado. Puede ser un primo segundo al que ves de año en año, una tía que vive lejos, un amigo del trabajo con el que últimamente hablas menos o incluso alguien que llegó acompañando a un invitado.
No es la persona que imaginabas en el centro del escenario, ni la que tenías en mente cuando pensabas en los momentos clave. Pero de pronto, aparece. Sonríe, conecta y se mueve por el espacio con naturalidad.
¿Quién es ese invitado misterioso que acaba siendo clave?
Seamos sinceros, incluso en las bodas más cuidadas, más planificadas y más pensadas hasta el detalle, hay un elemento que no se puede controlar: la energía de la gente. Y en esa ecuación entra el invitado que no ves venir. Ese que te arranca una carcajada cuando más la necesitas. Ese que levanta de la mesa a todos los invitados por un brindis inesperado. Ese que baila con quien está solo, que anima a los más tímidos, que enciende la pista cuando el ambiente empieza a decaer. No hablamos del invitado pasado de copas que se descontrola y puede incomodar. Ese no, sino de alguien que actúa desde la alegría, desde el cariño y desde esa chispa natural que tiene muy poca gente. Alguien con una capacidad especial para conectar, para mover, para unir. Y lo mejor de todo, sin robar protagonismo ni eclipsar a los novios.
Puede que durante la cena haga un comentario gracioso justo a tiempo para relajar el ambiente, o que sea el primero en aplaudir una entrada especial, o que acompañe sin dudar a esa persona que tiene vergüenza de salir a bailar. Puede que sea quien coge el micrófono con confianza, quien propone una canción, quien inicia el baile con energía suficiente como para que el resto se contamine de buen humor. Esa persona que, con un simple gesto, cambia la dinámica de la noche.
Y lo más maravilloso es que lo hace sin pretender nada. No busca destacar, no es el típico “animador” o que se cree buen animador pero que no hace ni chispa de gracia. Es un invitado más pero con un salero diferente. Y cuando recuerdas tu boda semanas después, te das cuenta de que su presencia fue clave. Que sin él o sin ella el ambiente no habría sido igual. Que su alegría se contagió, que su espontaneidad unió a mesas que no se conocían, que sus bailes improvisados siguen siendo tema recurrente en las conversaciones y que aún se recuerdan con una sonrisa en la boda.
Y sí, si sumamos todo esto nos referimos a ese invitado bailarín, animado, capaz de levantar a todos sin resultar pesado. De llenar la pista con carisma y de contagiar alegría sincera. Como hemos dicho antes, no es ese invitado con copas de más, sino de ese amigo, ese primo que tiene una energía especial. De esa persona que convierte la fiesta en un momento inolvidable.
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