No aparece en el álbum de fotos. No tiene marco, ni filtro, ni versión en blanco y negro. Y, sin embargo, si cierras los ojos dentro de diez o veinte años, probablemente sea uno de los primeros recuerdos que vuelvan a ti.
Ese instante breve, casi invisible, que sucede en tu boda sin avisar y que nadie se detiene a capturar… porque no se puede posar. Es un segundo que no entiende de cronogramas ni de listas de imprescindibles. No lo ves en tableros de inspiración, no lo has guardado en favoritos, pero cuando llega, lo reconoces. Y lo sientes en el pecho.
Ocurre cuando baja el ruido
Suele pasar cuando el ruido se apaga. Cuando el murmullo de los invitados se vuelve lejano y, por un momento, todo parece ralentizarse. Puede ser justo antes de caminar hacia el altar, mientras ajustas el vestido y respiras hondo. O quizá durante el cóctel, cuando te separas un instante del grupo y observas desde lejos.
Ahí estás tú. Sin posar. Sin sonreír para nadie. Simplemente siendo consciente de que ese día —tu día— está ocurriendo de verdad. No es un ensayo, no es una prueba de maquillaje, no es una reunión más con proveedores. Es ahora. Y ese ahora pesa. Emociona. Se queda.
No es el “sí, quiero”
No, no hablamos del “sí, quiero”. Ese momento sí se fotografía, se graba, se repite desde todos los ángulos posibles. Es icónico, esperado, maravilloso. Pero este otro instante es más discreto. Más íntimo.
Es cuando buscas con la mirada a alguien importante entre los invitados y lo encuentras. Cuando te cruzas con la sonrisa cómplice de tu pareja desde la otra punta de la mesa. Cuando te das cuenta de que todas esas personas han hecho un hueco en su vida para estar ahí contigo.
No hay aplausos. No hay música subiendo de volumen. Solo una certeza silenciosa: esto importa.
El valor de lo que no se planea
Has planificado la boda durante meses. Has tomado decisiones grandes y pequeñas, has elegido flores, mantelería, tipografía y tiempos. Pero este instante no estaba en ningún Excel, y quizá por eso es tan poderoso. Porque no responde a expectativas externas, ni a lo que “debería ser”. Es real. Imperfecto. Tuyo.
Años después, cuando mires las fotos —porque sí, las mirarás— recordarás cómo era el vestido, cómo estaba decorado el espacio, quién dio el discurso más emotivo. Pero este momento vendrá acompañado de una sensación, no de una imagen. Y eso, curiosamente, es lo que más permanece.
Ver esta publicación en Instagram
Lo que realmente celebras ese día
Más allá de la estética, del evento, del ritmo frenético, ese instante te recuerda qué estás celebrando en realidad. No es solo una boda. Es una elección. Una forma de decir: “esto es importante para mí”. Celebras el amor, sí. Pero también celebras el camino recorrido, las personas que te han acompañado, la versión de ti que ha llegado hasta aquí. Celebras el presente, sin pensar en lo que falta por hacer después. Ese segundo sin cámaras te conecta contigo misma. Y en un día tan compartido, tan observado, tan lleno de miradas, eso es un regalo.
No hace falta intentar atraparlo. No intentes recrearlo ni forzarlo. Llegará solo, como llegan las cosas verdaderamente importantes. Lo único que puedes hacer es estar presente cuando ocurra. Permítete sentirlo. Guardarlo. Reconocerlo.
Porque cuando alguien te pregunte dentro de años: “¿Qué es lo que más recuerdas de tu boda?”, tal vez no sepas explicarlo con exactitud. Pero sabrás que hubo un instante —solo uno— en el que todo tuvo sentido. Y eso, aunque nadie lo fotografiara, será imborrable.
from Lucia Se Casa https://ift.tt/bGAlBku
Fuente Lucia Se Casa https://ift.tt/bGAlBku
No hay comentarios:
Publicar un comentario