Hay un momento en la boda que casi todas las parejas viven a solas, un pequeño paréntesis emocional que suele convertirse en uno de los recuerdos más intensos del día
La boda es uno de los días más grandes para una pareja, de esos que se viven con el corazón a mil y con una mezcla de emociones que van y vienen sin parar. Hay nervios, ilusión, risas, abrazos y un montón de gente acompañando a los novios y queriendo celebrar su amor. Pero, aunque todo parece girar en torno a los invitados porque durante la organización también se piensa mucho en ellos, lo cierto es que muchas parejas que quedan con los pequeños momentos que pasan ellos juntos, solo ellos dos.
Son como burbujas de calma en medio del torbellino del día, instantes que no siempre se ven desde fuera, pero que para ellos significan muchísimo. Y es que, aunque una boda está llena de foto, discursos y miradas de familiares y amigos, también hay hueco para momentos más íntimos que se cuelan sin que nadie los planee. Son esos “parones” donde los novios respiran, se miran y piensan: “vale, esto está pasando y somos marido y mujer”. Estos “descansos” pueden durar segundos o minutos, pero suelen quedarse grabados para siempre.
El momento clave que los recién casados pasan a solas
Hay varios momentos que los novios disfrutan de ellos en soledad, pero hay uno que siempre sucede sin planear: el ratito a solas antes de entrar al banquete, justo después del cóctel.
Dura poco, pero es de los más especiales. Ya se ha llevado a cabo la ceremonia, ya han tenido lugar las fotos románticas que suelen hacerse como recién casados y ahora es hora de disfrutar y darlo todo con los invitados, ya más relajados. Es el momento cuando se miran y dicen: “¡Vamos allá!”. Se dan un abrazo rápido, se cogen de la mano o simplemente respiran juntos antes de volver a la locura del día. Puede parecer una tontería pero muchas parejas lo recuerdan con cariño.
Y sí, aunque este momento es muy especial porque es una breve preparación para darlo todo en el banquete y darse ánimo entre risas, hay otros momentos que también resultan especiales, como la sesión de fotos tras la ceremonia.
Puede parecer un trámite, algo que ya se sabe que va a pasar, pero para la mayoría es casi el primer momento real de respiro del día. A solas con el fotógrafo, los novios se relejan, se ríen, comentan cómo ha ido todo hasta ahora y se permiten bajar el ritmo. En ese ratito suelen asimilarlo todo. A veces, justo en este momento, surgen las fotos más bonitas, porque están siendo ellos mismos, sin sentirse observados por toda la familia. Es un momento de desconexión del ruido y de conexión entre ellos.
Otro de los grandes momentos íntimos llega más tarde, con el baile nupcial. Aunque es un momento público y todas los invitados están pendientes, muchas parejas lo viven como si estuvieran solos en medio de la sala.
La música empieza, se acercan, se agarran de las manos y, durante un par de minutos, parece que todo desaparece menos ellos. Es un momento de calma entre tanta fiesta, una especie de refugio donde pueden volver para conectar y mirarse sin prisa. Y eso, aunque haya cien ojos encima, lo convierte en algo muy íntimo.
Todas estas pequeñas pausas, aunque parezcan secundarias, son las que de verdad marcan la diferencia. Porque incluso en un día lleno de gente, música y celebraciones, siempre hay un momento que las parejas viven solo para ellos. Y, casi siempre, ese instante es el que más emoción guarda en nuestro corazón.
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