Hay un instante, casi imperceptible, en el que algo hace clic. No suena, no se anuncia por megafonía y, sin embargo, lo cambia todo. Es el momento exacto en el que dejas de ser la anfitriona perfecta y empiezas, por fin, a respirar y a ser la protagonista que disfruta de su boda. Y no, no siempre ocurre cuando dices “sí, quiero”.
La trampa invisible de querer que todo sea perfecto
Durante meses —quizá años— has sido directora creativa, productora ejecutiva y jefa de logística de tu boda. Has pensado en cada detalle con mimo: desde el tono exacto del mantel hasta si la abuela estará cómoda en la ceremonia. Y cuando llega el gran día, tu cabeza sigue en modo control total.
¿Ha llegado ya el ramo? ¿Está el catering a tiempo? ¿Se han sentado bien los invitados? Sin darte cuenta, te conviertes en la mejor anfitriona del mundo… pero no en la novia que soñabas ser. Porque estás pendiente de todos, menos de ti.
Y ojo, esto no tiene nada de malo. Habla de tu generosidad, de tu capacidad de cuidar. Pero también es una trampa silenciosa: la de vivir tu boda como si fueras la organizadora y no la razón por la que todos están allí.
El punto de inflexión: cuando sueltas (aunque sea un poco)
Ese momento mágico suele llegar cuando algo —casi siempre pequeño— te obliga a soltar. Puede ser una risa inesperada, una mirada cómplice, una canción que te atraviesa o una frase susurrada al oído: “Relájate, todo está saliendo increíble”. Para sentir esa sensación de tranquilidad también es muy importante contar con un equipo de wedding planers que te acompañen en cada pasito -incluso que vayan uno por delante- en tu gran día
De repente, entiendes que ya está. Que todo lo importante está en su sitio. Que aunque una flor esté girada o el timing no sea perfecto, la emoción sí lo es. Y entonces bajas los hombros, respiras hondo y vuelves al cuerpo. No es abandono. Es confianza. Confianza en el equipo que has elegido, en las personas que te rodean y, sobre todo, en ti.
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El instante exacto suele ser emocional, no logístico
Muchas novias creen que empezarán a disfrutar cuando termine la ceremonia, cuando acaben las fotos o cuando se sienten a comer. Pero la realidad es otra: el disfrute empieza cuando conectas con la emoción, no con el cronograma. Para algunas es al entrar al banquete y escuchar los aplausos. Para otras, al abrazar a su pareja después del “sí”. Y para muchas, cuando se dan cuenta de que están riendo sin pensar en nada más.
Ese es el verdadero cambio de rol: cuando dejas de supervisar y empiezas a sentir.
Permítete ser invitada en tu propia boda
Hay una idea poderosa que puede cambiarlo todo: hoy no tienes que cuidar de nadie. Hoy te cuidan a ti. Tus invitados no han venido a evaluar, han venido a celebrar contigo. No esperan perfección, esperan verte feliz.
Cuando te permites ser invitada en tu propia boda, sucede algo precioso: la energía cambia. Tu sonrisa se relaja, tu mirada brilla distinto y tu presencia se vuelve magnética. Y eso, créeme, se nota en cada foto y en cada recuerdo.
Dentro de unos años no recordarás si el seating plan cambió a última hora o si el postre salió cinco minutos tarde. Recordarás cómo te sentiste cuando bailaste sin pensar, cuando brindaste sin mirar el reloj, cuando te dejaste llevar. Ese es el verdadero lujo de una boda: vivirla. No dirigirla.
Así que si estás a punto de casarte, guarda esto como un pequeño mantra: el momento en el que dejas de ser anfitriona y empiezas a disfrutar no se agenda. Se permite. Y cuando llega, lo sabes. Porque por fin estás donde siempre debiste estar: dentro de tu propia historia.
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