Hay un recuerdo que muchas novias esconden en un cajón invisible de la memoria. No porque sea feo, sino porque es demasiado poderoso. Es ese instante que, años después de la boda, todavía hace que el corazón dé un pequeño salto. Hoy vamos a hablar de él sin miedo, mirándonos a los ojos, como dos amigas que saben que lo importante casi nunca es lo que se ve en las fotos.
Es curioso, porque cuando piensas en tu boda lo primero que aparece suele ser el vestido, las flores, la música o las risas. Pero ese recuerdo del que hablamos no tiene forma ni color definido. Es una sensación. Un nudo en la garganta. Un “ya no hay vuelta atrás” mezclado con un “por fin”. Vive en un lugar mucho más profundo que cualquier imagen, y quizá por eso lo has mantenido en silencio durante tanto tiempo.
Tal vez nunca le pusiste nombre, o quizá pensaste que era demasiado íntimo para compartirlo. Y lo es. Pero también es uno de los tesoros emocionales más grandes que te dejó aquel día. Porque en ese segundo no estabas posando para nadie: estabas siendo tú, completamente abierta, completamente vulnerable, a punto de cruzar una puerta que cambiaría tu vida para siempre. Y eso, aunque a veces dé vértigo recordarlo, es pura magia.
El instante que no aparece en el álbum
Quizá nadie te habló de él cuando empezaste a planear tu boda. Entre listas de invitados, pruebas de vestido y flores, este recuerdo pasó desapercibido. No se imprime, no se cuelga en la pared ni se sube a Instagram. Es un segundo diminuto: el momento exacto en el que entiendes que tu vida acaba de girar para siempre. Puede ser justo antes de salir al pasillo, cuando ajustas el velo con manos temblorosas. O tal vez cuando cruzas una mirada con tu pareja y el ruido de la sala se vuelve silencio. Ese instante es tan íntimo que muchas novias lo bloquean porque no saben dónde guardarlo. No es un recuerdo “bonito” en el sentido clásico; es un recuerdo vivo que todavía hoy te puede arrancar una lagrimita de emoción.
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¿Por qué lo bloqueas?
Bloqueamos lo que nos remueve. Y ese recuerdo lo hace. No habla de flores ni de brindis, habla de vulnerabilidad. De miedo, de amor, de vértigo. Cuando pasan los años, resulta más cómodo recordar la fiesta que volver a ese segundo en el que sentiste que todo estaba en juego. Pero aquí viene la verdad incómoda: al bloquearlo, también bloqueas una parte preciosa de ti. Ese instante te recuerda quién eras antes de dar el paso, y eso tiene un valor inmenso. No es nostalgia, es identidad. Cada vez que lo evitas, te pierdes la oportunidad de reconectar con la mujer que tuvo el coraje de decir “sí” cuando no había garantías. Y, créeme, esa mujer sigue viviendo en ti, esperando que la escuches.
Cómo recuperarlo sin miedo
No hace falta sentarse a llorar frente al espejo (aunque, si pasa, bienvenido sea). Recuperar ese recuerdo puede ser tan sencillo como permitirte pensar en él. Cierra los ojos y vuelve ahí: ¿qué olías, qué oías, qué sentías en el cuerpo? Tal vez descubras que no solo había felicidad, también había una pizca de nervios, de chispa, incluso de esa temible inseguridad de las cosas que nos coge ese nudito en el estómago. Y eso está bien. Ese cóctel es la prueba de que estabas viva de verdad.
Puedes escribirlo en un cuaderno, contárselo a tu pareja una noche tranquila o incluso mencionarlo de pasada en una cena con amigas. Al ponerlo en palabras, deja de ser un fantasma y se convierte en una historia que te pertenece.
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Ese recuerdo no es pasado, es combustible. Cuando la rutina, las discusiones o el cansancio hacen mella, volver a ese instante puede recordarte por qué elegiste a esa persona y esa vida. No se trata de idealizar la boda. Ese segundo encapsula una versión de ti que creyó en algo grande, incluso cuando no tenía todas las respuestas.
Es una brújula emocional, una chispa que puede reavivar el vínculo y también tu propia autoestima. Así que la próxima vez que ese recuerdo asome, no lo empujes de vuelta al cajón. Déjalo respirar. Es tuyo, es bonito y, sobre todo, es la prueba de que el amor verdadero no solo se vive… también se recuerda.
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