Hay escapadas que se reservan para bajar el ritmo y terminan subiéndolo a tope. Escapadas diseñadas para el descanso que, a veces, sacan justo lo contrario
La idea de los novios es hacer una escapada para reconectar y es todo un planazo, sobre todo, después de una boda, tras meses de trabajo sin parar, después de una temporada especialmente intensa o simplemente porque “nos vendrá bien irnos unos días”. El destino da un poco igual, pero al ser una escapada, nos imaginamos un fin de semana en una casa rural en mitad de la naturaleza, un hotel con encanto, una ciudad tranquila o una playa que promete calma. Lo importante no es dónde, sino para qué. O eso creemos.
Ver esta publicación en Instagram
Estos viajes suelen construirse sobre una expectativa concreta: parar, bajar el ritmo y volver a encontrarse. Dormir más y mejor, hablar más, mirarse sin pantallas ni interrupciones. Son viajes cargados de buenas intenciones, que te permiten salir del ruido cotidiano y donde todo debe fluir. El problema es que el equipaje no solo incluye ropa cómoda y reservas confirmadas, también lleva dentro cansancio, rutinas acumuladas y ritmos personales que no siempre coinciden. Y es que, a estos viajes no siempre se llega descansado. Muchas veces es justo al revés, con la sensación de haber aguantado demasiado tiempo sin parar y con la esperanza de que el viaje lo arregle todo. Pero, de repente, tener tiempo de sobra puede resultar extraño.
Decidir qué hacer sin un horario impuesto se convierte en un pequeño reto y no os ponéis de acuerdo. Uno quiere exprimir el destino, otro no hacer absolutamente nada. Uno necesita una conversación larga, el otro silencio y siesta. Y sin que nadie lo haya planeado así, el viaje pensado para reconectar empieza a exigir más energía de la prevista.
Cuando viajar para descansar acaba siendo otro tipo de cansancio
No es raro que en estos viajes aparezcan pequeñas tensiones que en la rutina diaria pasan desapercibidas. En casa hay horarios, trabajos, compromisos que amortiguan las diferencias. De viaje, todo queda al descubierto. El tiempo compartido es total y todas las decisiones son constantes. Además, existe una imagen bastante idealizada del viaje para “reconectar”. Parece que debería incluir largos paseos, conversaciones profundas, momentos de complicidad. Pero la realidad suele ser otra: discusiones sobre dónde comer, silencios incómodos, ratos de móvil y esa pregunta incómoda que nadie quiere formular en voz alta: “¿esto no se suponía que iba a ser relajante?”
Y no te asustes, no estamos hablando de crisis de pareja. Lejos de ser una señal de alarma, estas situaciones hablan más de expectativas que de problemas reales. Viajar no transforma mágicamente el estado emocional de quienes viajan. A veces simplemente amplifica lo que ya estaba ahí, como el cansancio, la necesidad de espacio, distintas formas de descansar. Y eso, aunque no encaje en lo que tenemos en mente de “viaje perfecto”, también forma parte de compartir la vida con alguien.
Quizás el error esté en pensar que todos los viajes deben cumplir la función de divertir y vivir tiempo de calidad en pareja para reconectar, pero no todos lo hacen. Algunos solo deberían permitir cambiar de aire, romper la rutina y volver con una anécdota más que contar. Porque viajar juntos no siempre significa hacer todo juntos, ni descansar de la misma manera, ni volver renovados al cien por cien, y tampoco pasa nada.
Por eso, conviene empezar a viajar con menos expectativas y más sentido del humor. Aceptar que no todas las escapadas van a ser memorables, que no todos los destinos traerán paz y que, a veces, el mayor logro del viaje es no discutir por el GPS o ponerse de acuerdo para cenar.
from Lucia Se Casa https://ift.tt/rPUHKGW
Fuente Lucia Se Casa https://ift.tt/rPUHKGW
No hay comentarios:
Publicar un comentario