Durante años nos han vendido la idea de que maquillarnos es una forma de cuidarnos. Que salir de casa sin máscara de pestañas era salir “a medias”, que una piel bonita necesitaba cobertura y que cualquier rostro podía —y casi debía— mejorar con un poco de base, colorete, iluminador y algo de corrector.
Pero, ¿y si simplemente nos estamos cansando? No del maquillaje en sí. Nos encanta un buen labial, estrenar una paleta o descubrir ese colorete que parece diseñado para hacernos buena cara en cinco segundos. Lo que empieza a cambiar es otra cosa: la necesidad de maquillarnos todos los días para sentir que estamos presentables. Quizá por eso la belleza natural vuelve a ocupar el centro de la conversación. No como una nueva obligación estética —porque bastante tenemos ya—, sino como una forma diferente de relacionarnos con nuestro rostro.
La nueva revolución beauty: hacer menos
Hay algo casi liberador en mirarse al espejo y pensar: hoy no necesito tapar nada. La tendencia hacia maquillajes más ligeros, pieles reales y rutinas simplificadas no significa que hayamos dejado de preocuparnos por nuestra imagen. Al contrario. Estamos invirtiendo más tiempo y atención en el cuidado de la piel, en mantenerla hidratada, luminosa y saludable, y menos en construir sobre ella una versión completamente diferente de nosotras mismas.
La ecuación parece haber cambiado: antes, maquillaje para conseguir buena piel; ahora, buena rutina para necesitar menos maquillaje. Y ahí aparecen productos y tratamientos que prometen precisamente eso: cejas más definidas durante semanas, pestañas curvadas sin máscara, tintes de labios, fórmulas de larga duración y cosméticos híbridos que cuidan la piel mientras aportan un toque de color.
La comodidad también manda. Porque, seamos sinceras, hay mañanas en las que queremos estar guapas y no queremos invertir veinte minutos delante del espejo para conseguirlo.

¿Por qué ya no nos apetece maquillarnos como antes?
Quizá porque hemos empezado a cuestionar algo que durante mucho tiempo aceptamos sin pensarlo demasiado.La presión estética sobre las mujeres no es nueva. Desde muy jóvenes aprendemos que hay una manera correcta de presentarnos al mundo: piel uniforme, pelo arreglado, cejas perfectas, cuerpo cuidado, uñas impecables… y, por supuesto, una cara que parezca descansada aunque hayamos dormido cinco horas.

El problema no es maquillarse. El problema aparece cuando hacerlo deja de ser una elección y empieza a sentirse como una obligación. Porque una cosa es maquillarte porque te divierte. Y otra muy distinta es hacerlo porque no quieres que nadie te pregunte si estás enferma cuando apareces con tus ojeras naturales. Durante años hemos confundido “verse bien” con “verse arreglada”. Y quizá ahora estamos empezando a separar ambas cosas.
Una mujer puede tener granos, manchas, rojeces, arrugas, bolsas bajo los ojos o una mañana de esas en las que su piel no coopera. Y seguir siendo exactamente igual de guapa. Parece una obviedad, pero no siempre nos comportamos como si lo creyéramos.
La belleza natural no debería ser otra exigencia
Aquí hay una pequeña trampa que conviene señalar. Después de años de maquillaje marcado, contouring y pieles completamente perfeccionadas, ahora llega la tendencia de la cara lavada, el efecto buena cara y el “menos es más”. Y corremos el riesgo de convertir también esto en una nueva norma. Porque la belleza natural puede ser preciosa, pero no debería convertirse en otra lista de cosas que tenemos que cumplir.
No deberíamos sentir que ahora tenemos que tener una piel espectacular sin maquillaje, unas cejas perfectamente peinadas, unas pestañas largas de nacimiento y un aspecto fresco a las ocho de la mañana. La verdadera revolución sería poder elegir.
Hoy quiero llevar un ojo ahumado porque me apetece. Mañana salgo con la piel desnuda. El sábado me pongo un labial rojo. Y el domingo, si quiero, no me pongo absolutamente nada. La cuestión no es dejar de maquillarnos. Es recuperar el placer de hacerlo cuando nosotras decidimos.
Del “tengo que verme bien” al “quiero sentirme bien”
Hay una diferencia enorme entre ambas frases. Durante mucho tiempo, nuestra rutina beauty ha estado enfocada hacia fuera: cómo nos verá la gente, si salimos bien en una fotografía, si parecemos cansadas, si tenemos buena cara para una reunión, una cita o una cena.
Ahora empieza a ganar peso una idea mucho más interesante: cómo queremos sentirnos nosotras. Una piel hidratada porque resulta agradable. Un sérum que disfrutamos aplicándonos. Un masaje facial porque nos relaja. Un colorete porque nos encanta el tono. Una máscara de pestañas porque nos gusta cómo nos mira la cara cuando la llevamos.
Pequeños gestos que dejan de funcionar como herramientas para corregirnos y empiezan a formar parte de nuestro autocuidado. Y eso cambia completamente la relación con la belleza. De hecho, celebrities como Alicia Keys se sumaron a este movimiento hace unos años y muestra su belleza natural al mundo.
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¿Y qué pasa con las novias?
Aquí esta conversación se vuelve especialmente interesante. Porque pocas mujeres reciben tanta presión para estar “perfectas” como una novia. El vestido, el pelo, la piel, las uñas, el perfume, las cejas, el bronceado, los dientes, el cuerpo… De repente, una boda puede convertirse en una especie de proyecto de transformación personal. Y desde Lucía Se Casa tenemos algo que decir al respecto: tu boda no debería ser el día en el que parezcas otra persona. Debería ser el día en el que más te reconozcas.
Por eso cada vez tiene más sentido que las novias apuesten por maquillajes que respeten sus facciones, que permitan ver la textura de la piel y que potencien aquello que ya está ahí. Una piel luminosa en lugar de excesivamente cubierta. Unas pestañas definidas, si quieres, pero no necesariamente dramáticas. Un toque de rubor que parezca tuyo. La tendencia no tiene que ser ir sin maquillaje al altar. La tendencia puede ser dejar de pensar que necesitas muchísimo maquillaje para estar espectacular.
@meryfol Novia viral decide casarse a cara lavada para no sentirse diferente! Sus fotos y videos rápida se viralizaron Bancas su decisión? #noviaviral #noviasinmaquillaje ♬ A Thousand Years(舒适版) – Andree Son
La novia que se reconoce en el espejo
Imagina llegar al día de tu boda, sentarte frente al espejo y que, cuando terminen de maquillarte, sigas viendo tus ojos, tus gestos y esa expresión que tu gente reconoce a kilómetros. Puede que lleves más maquillaje del que utilizas habitualmente. Puede que menos. Puede que decidas prescindir de la máscara de pestañas y centrar toda la atención en una piel jugosa y un buen labial. O quizá quieras unos ojos intensos porque te encanta cómo te quedan.

Todo vale si la decisión es tuya. Porque el maquillaje nupcial no debería responder a la pregunta “¿cómo puedo verme más guapa?”, sino a una mucho más bonita: “¿cómo quiero verme cuando vuelva a mirar estas fotografías dentro de veinte años?”. Y probablemente la respuesta no tenga tanto que ver con seguir una tendencia.
Quizá no queremos maquillarnos menos: queremos elegir más
Al final, esta nueva forma de entender la belleza no consiste en tirar todos nuestros cosméticos a la basura. Consiste en quitarle dramatismo al asunto.
En entender que podemos salir con la cara lavada y sentirnos estupendas. Que podemos disfrutar maquillándonos sin sentir que estamos corrigiendo nuestros defectos. Que una arruga no necesita desaparecer, una ojera no tiene que ser un problema y una piel con textura no necesita parecer un filtro de Instagram.
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Nos estamos cansando, sí. Pero quizá no de maquillarnos. Nos estamos cansando de sentir que tenemos que hacerlo. Y entre todas las tendencias beauty que llegan y desaparecen cada temporada, esta puede ser una de las más interesantes: la posibilidad de mirarnos al espejo y entender que no hay nada que arreglar antes de salir al mundo. Solo hay una mujer ahí delante. Y ya es suficiente.
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