Después de siete años juntos y toda una vida compartiendo veranos en el mismo pueblo, Alejandra y Javi se dieron el “sí, quiero” el pasado 6 de junio en Zaragoza. Una boda muy esperada y pensada hasta el último detalle, donde la tradición, la familia y una estética clásica y atemporal se encontraron para crear un día profundamente suyo.
Hay historias de amor que empiezan con un flechazo y otras que, casi sin darse cuenta, llevan toda una vida preparándose para suceder. La de Alejandra y Javi pertenece un poquito a las dos.
Se conocen de toda la vida. Compartieron veranos en su pueblo de Zaragoza, él era amigo del hermano de ella y, durante años, simplemente estuvieron ahí, sin mirarse de esa manera. Hasta que un verano, sin buscarlo ninguno de los dos, surgió el amor. Después llegó la pandemia, que les regaló tiempo, conversaciones y una nueva forma de conocerse. Y así, hasta hoy.
Siete años después, llegó el día que tanto habían imaginado: el 6 de junio de 2026, cuando se convirtieron en marido y mujer rodeados de sus personas favoritas.

El vestido de novia y el velo más especial
Alejandra siempre había tenido bastante claro cómo quería verse vestida de novia: clásica, sencilla, elegante y atemporal. Un vestido de esos que no pertenecen a ninguna tendencia concreta y que podrían seguir emocionando dentro de muchos años. Pero había algo todavía más importante: el velo.
Y es que el auténtico protagonista de su look nupcial fue una pieza con una historia preciosa detrás. Un velo tipo mantilla de chantilly, confeccionado a mano, que veinte años antes había llevado en su boda una persona muy importante para ella.

Cuando tuvo la oportunidad de llevarlo, supo que quería que fuese el centro de todas las miradas. Por eso, el vestido debía acompañarlo sin competir con él.
El encargado de hacerlo realidad fue Ángel Lecumberri, con un diseño de líneas clásicas y limpias, escote cuadrado, manga tres cuartos y una espectacular cola de casi tres metros. La espalda cerrada y abotonada terminaba de construir un look elegante y atemporal.

Pero, sobre todo, dejaba espacio para que brillara aquella pieza que era mucho más que un velo: era un pedacito de historia que Alejandra llevó consigo hasta el altar.
El segundo vestido
Para la fiesta, Alejandra tenía claro que quería cambiar de registro. Mantener esa esencia clásica y elegante, pero apostar por algo más desenfadado y cómodo. Y aquí aparece una de esas historias que nos encantan: el segundo vestido encontró a la novia antes de que ella empezara siquiera a buscarlo.
Más de un año antes de la boda, le apareció en Instagram como publicidad un vestido satinado de cuello halter de Bimani. Lo vio y fue amor a primera vista. No había búsqueda previa ni lista de opciones. Simplemente lo vio y supo que tenía que ser él.


Las joyas: recuerdos que se llevan puestos
Si algo tuvo el look de Alejandra fue significado. Sus joyas no fueron simplemente complementos, sino pequeñas piezas de su historia. Los primeros protagonistas fueron los pendientes, de Javier Antón, su joyería de confianza en Zaragoza. Se los regaló su madre hacía 14 años, imaginando que algún día los llevaría en un momento tan especial como su boda. Están formados por más de 30 diamantes talla brillante alrededor de un cuarzo blanco en forma de gota.

Para la fiesta los cambió por unos pendientes de oro blanco con una perla, uno de sus materiales favoritos y un guiño a las joyas que forman parte de su día a día. También lució su anillo de compromiso, un diseño clásico de Suárez, con un diamante central y una banda formada por 28 diamantes talla brillante.
Y, por supuesto, no podía faltar su “algo azul”: una pequeña pulsera de oro amarillo con un zafiro que le regalaron personas muy importantes para ella y que lleva habitualmente. Un detalle diminuto, pero cargado de significado.

Los zapatos
Para los zapatos confió en Flor de Asoka y escogió el modelo Chiara. Buscaba el clásico zapato blanco de novia, pero con un giro diferente. El lino fue precisamente lo que hizo que se enamorara de ellos.
Y, por lo visto, además de bonitos fueron una auténtica maravilla: cómodos y capaces de acompañarla prácticamente hasta el final de la fiesta. Y sabemos que esto, en una boda, es información de servicio público.

Belleza: natural, luminosa y muy Alejandra
Si el vestido buscaba ser atemporal, el maquillaje y el peinado debían seguir exactamente el mismo camino. Elisabeth Casablanca fue la encargada del MUAH de la novia, con un objetivo muy claro: que Alejandra siguiera sintiéndose ella misma.
El resultado fue un moño bajo estilo bailarina, sencillo y pulido, que dejaba todo el protagonismo al vestido y, especialmente, al velo. Para el maquillaje apostaron por una piel muy natural y luminosa, con el glow como protagonista.

Y la preparación empezó mucho antes del gran día. Durante el año previo, Alejandra cuidó su piel junto a María en Elisabeth Casablanca Wellness Boutique, una preparación que recuerda con muchísimo cariño y que considera una de las mejores decisiones de todo el proceso.

El novio
Javi, inspector de policía, quiso que su profesión también tuviera su pequeño espacio en la boda. Para la ceremonia escogió su uniforme.


Y después de la misa se cambió a un chaqué hecho a medida por Nacho Lamar.Dos looks para un mismo día y dos versiones de él que encajaron perfectamente con cada momento de la celebración.

La madrina y la madre de la novia
Aquí hubo una curiosa coincidencia: tanto la madre de Alejandra como la madrina tuvieron claro el color de sus vestidos incluso antes que la propia novia.

La madrina escogió un elegante vestido verde de Carolina Herrera, mientras que la madre de Alejandra apostó por el azul, el gran color de la boda, con un diseño hecho a medida por una amiga.

Ceremonia y celebración
Una iglesia que forma parte de su historia
Hay lugares que se eligen y otros que, simplemente, tienen que ser. Alejandra siempre había imaginado su boda en la iglesia de su pueblo. Era algo que tenía claro desde niña, pero además había una razón todavía más especial: Javi y ella se conocieron allí. Casarse en ese mismo lugar cerraba el círculo de una historia que había comenzado, de alguna manera, entre esas mismas calles.


La misa fue preciosa y muy emotiva, acompañada por un coro que hizo que, en palabras de Alejandra, fuera “como estar en el cielo”. Y hubo otro detalle familiar que hizo que la ceremonia fuese todavía más especial: el rito de la velación se realizó con una mantilla que la abuela de Alejandra había estado bordando durante todo el año anterior a la boda.


Tradición, familia y emoción en un mismo gesto. A la salida, los compañeros de Javi les esperaban para hacerles un espectacular pasillo de sables. Un broche de oro para una ceremonia que ya estaba llena de momentos para recordar.
Villa Santa Ana: el sueño de una noche de verano
Después de la ceremonia, la celebración se trasladó a Villa Santa Ana, una casa de recreo inspirada en las bodegas del Pirineo francés. A Alejandra y Javi les conquistaron sus jardines, su comedor acristalado y, especialmente, una iluminación que ella misma bautizó como “el sueño de una noche de verano”.

El catering corrió a cargo del Grupo Maher, con una propuesta gastronómica que los novios recuerdan como increíble y diferentes corners de showcooking durante el cóctel.

Hortensias azules: el hilo conductor
Si hay una imagen que resume esta boda, probablemente sea la de las hortensias azules. Son las flores favoritas de Alejandra y estaban presentes en distintos rincones de la celebración, además de ser las grandes protagonistas de su ramo.

El azul era también el color elegido para la boda, así que todo encajaba. Para la decoración exterior de la iglesia y de la finca contaron con Nacho Bergara, encargado de dar forma al ambiente que los novios habían imaginado. Y en la iglesia hubo, además, una ayuda muy especial: una amiga de la madre de Alejandra se encargó personalmente de decorarla.


Una boda diseñada hasta el último detalle
Alejandra es una apasionada de las bodas y decidió embarcarse en la aventura de organizar la suya propia. No hubo wedding planner: todo pasó por sus manos. Y se nota.

La papelería y los detalles para los invitados fueron diseñados por los propios novios. Querían que cada elemento tuviera su esencia y que todo siguiera un mismo hilo conductor.

El azul volvió a ser el protagonista, esta vez acompañado por un estampado toile de jouy que Alejandra utilizó para construir toda la identidad visual de la boda. Y hubo incluso una revista de la propia boda que los invitados encontraron en sus mesas. Porque si vas a celebrar tu historia, ¿por qué no contarla también en papel? El seating plan tenía además un detalle muy especial: cada mesa estaba representada por una Virgen diferente.

Los recuerdos que se quedan para siempre
Durante el cóctel, los invitados pudieron disfrutar de unas acuarelas personalizadas realizadas por Raquel Zquin, para que cada uno pudiera llevarse a casa un recuerdo único. En las mesas les esperaba también un marcasitios de cerámica hecho por los propios novios junto a una estampa de la Virgen del Pilar, todo ello siguiendo, cómo no, la gama de azules.
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Pero hubo otro rincón que emocionó especialmente a las familias. Alejandra y Javi quisieron recordar a sus abuelos y crearon un espacio con fotografías de sus respectivos días de boda, impresas en tela por Amapolalab. Después bordaron sobre ellas una frase que lo decía todo: “La celebración de nuestras vidas”. Un detalle íntimo, familiar y precioso que consiguió conectar varias generaciones en un mismo día.

Y entonces llegó la fiesta
Durante el cóctel contaron con Grupito Jaleo y, según los propios novios, fue una de las mejores decisiones que tomaron. La pista no paró y, sobre todo, nadie quería que se acabara.
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Pero si hubo un momento especialmente emotivo, ese fue el baile con los padrinos. Alejandra y Javi escogieron “Y cómo es él?” de José Luis Perales, y fue uno de esos instantes capaces de poner el corazón blandito a toda una boda. Porque al final, detrás de cada vestido, cada flor y cada mesa perfectamente colocada, están ellos. Y las personas que quieren.

Las fotografías de un día irrepetible
Música para Camaleones fue el equipo encargado de fotografiar la boda y de guardar para siempre todos esos momentos que, después de tantos meses de preparativos, pasan a toda velocidad. Y es que quizá esa sea una de las grandes magias de una boda: pensar durante meses en cada pequeño detalle y descubrir que, cuando llega el día, lo que realmente quieres conservar son las miradas, los abrazos, las risas y a todas esas personas que estuvieron allí.


La luna de miel: de San Francisco y Las Vegas a Hawaii
Y después de una boda que habían esperado con tantísimas ganas, tocaba hacer las maletas y seguir celebrando. El destino elegido para la luna de miel no podía ser más especial para Alejandra: Hawaii era uno de sus grandes sueños y, por fin, había llegado el momento de hacerlo realidad.
Pero antes de poner rumbo al paraíso, los novios aprovecharon la semana previa para hacer una pequeña ruta por Estados Unidos. San Francisco y Las Vegas fueron las primeras paradas de un viaje que prometía ser tan especial como la propia boda.

Después llegó el momento de desconectar de verdad. El viaje continuó en Kauai, donde pudieron disfrutar de algunos de los paisajes más espectaculares de Hawaii, y terminó en O’ahu, poniendo el broche final a una luna de miel que combinó aventura, grandes ciudades y ese descanso paradisíaco que una recién casada sueña con disfrutar después de tantos meses de preparativos.
Un viaje pensado para alargar un poquito más la celebración, descubrir nuevos lugares y, sobre todo, seguir creando recuerdos juntos después del “sí, quiero”. Porque si algo queda claro después de conocer la historia de Alejandra y Javi es que, para ellos, celebrar la vida juntos es siempre un buen plan.

Alejandra y Javi lo vivieron así. Una boda muy pensada, sí, pero sobre todo muy sentida. Una celebración donde el azul fue el color protagonista, pero donde fueron la familia, las tradiciones y los pequeños recuerdos los que terminaron dándole verdadero significado. Y después de siete años de historia, no podía ser de otra manera.
Porque hay bodas bonitas. Y luego están las bodas que, cuando las miras, te cuentan algo. La de Alejandra y Javi cuenta una historia de amor que empezó casi sin avisar, de una familia muy presente, de recuerdos que pasan de generación en generación y de dos personas que, después de imaginar durante tanto tiempo cómo sería su gran día, por fin pudieron vivirlo. Y eso es probablemente lo más bonito de todo.
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