Cada boda tiene una foto de grupo numeroso, un retrato multitudinario en el que todos posan pero nadie vuelve a mirar jamás. Y aún así, la seguimos repitiendo
Las fotos de boda son, en teoría, uno de los tesoros más preciados del gran día. Una cápsula visual que, años después, te permite volver a oler las flores del ramo, escuchar de fondo la música de la ceremonia y recordar a las personas que estuvieron allí, celebrando contigo un momento que parecía eterno. Son algo más que imágenes: son memoria emocional. Un archivo sentimental que, con el tiempo, adquiere un valor incalculable. Por eso, cuando pensamos en un álbum de boda, imaginamos páginas llenas de miradas cómplices, risas espontáneas, abrazos y pequeños momentos robados por los fotógrafos y que cuentan la historia real de ese día.
Para los novios, esas fotografías son casi un viaje en el tiempo. El instante exacto en el que se dieron el “sí, quiero”, la lágrima que se escapó sin querer o el baile que salió de maravilla (o todo lo contrario). Sí, estas fotos evocan todo el cariño que sienten los novios durante su celebración. Y para los invitados, son la prueba de que estuvieron allí, compartiendo algo bonito, con looks de lo más elegantes y con la mejor intención de pasarlo bien.
Las fotos de boda son importantes porque narran algo que no se repetirá nunca más de la misma forma. Son el testimonio visual de una fiesta irrepetible y justo ahí entra en escena la clásica foto de grupo.
Esta es la foto de grupo más típica de las bodas
Porque sí, en algún punto de toda boda, normalmente después de la ceremonia y antes de que a las invitadas se les derrita el maquillaje, llega el momento en el que alguien, casi siempre un primo animado o el propio fotógrafo, grita: “¡Venga, todos para una foto!”. Ese es el momento en el que la celebración se detiene unos minutos, como si el tiempo y la foto suspendiera la fiesta para reunir a todos en el mismo encuadre.
La escena es siempre la misma. Una masa humana intentando colocarse en algo parecido a un orden lógico. Los altos atrás, los bajitos delante, los niños donde se pueda, el cuñado que pregunta si falta mucho y los novios, por supuesto, en mitad de la imagen, presidiendo la foto con una sonrisa que mezcla amor, felicidad y un pelín de “por favor que esto acabe pronto, que quiero bailar”.
Esta foto, la gran foto de grupo, es un clásico universal. Aparece en todas las bodas, sin excepción. Da igual que sea en una finca, en la playa, en un gran salón… En todas, absolutamente en todas las bodas, existe ese retrato colectivo que pretende inmortalizar al conjunto de personas que formaron parte del día. ¿Y qué es lo que pasa después? Que nadie la mira. Es la foto que termina enterrada en el penúltimo pliegue del álbum o que ni siquiera aparece y queda guardada en un limbo digital. Es una foto tan grande que ni siquiera te fijas en quién sale. Es más, si la vieras dentro de diez años, probablemente ni sabrías identificar a todos los que aparecen porque en esa foto se han colado compromisos de tus padres, novios y novias que ya no están en la vida de tu amigo o amiga y personas que, después de un tiempo, no sabías ni que habían acudido a tu boda.
¿Y cómo suele ser esa foto? Aunque puede variar, triunfa esa en la que están todos apretados, unos de pie y otros en cuclillas, como si fueran a formar un equipo de fútbol improvisado. Lo curioso es que, por más que pase desapercibida, la foto tiene su encanto. Representa el conjunto, la familia que ese día arropó a los novios. Es caótica, pero honesta. Un pedacito de historia que, aunque no sea la imagen que colgarán en el salón, tiene su hueco en el recuerdo colectivo de la boda. Al final, la foto de grupo funciona como una tradición no oficial. Todos la hacen, nadie la evita, pero casi nadie la mira después.
Pero aunque no sea la foto que se convierte en icono, es la que retrata la magnitud humana del momento y por mucho que pasemos de ella, siempre acaba sacándonos una sonrisa.
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